David Antonio Abanto Aragón*



Ningún Lugar Dentro


Uno sabe que bordear la brecha es desviarse De una calle llena de signos Entonces los días son como un viento rápido e indescifrable Donde hay que sobrevivir Explicar el exceso El por qué de las calles polvorosas Porque a pesar de la nocturnidad O es el olvido o la presencia que impone su propio castigo
César Ávalos, “El desvío”


La imagen de un país, un pueblo, una ciudad se refleja menos en su política que en las creaciones que inspira. Con esta convicción, César Ávalos (Lima, 1969) se propuso —conciente o inconscientemente—, hace ya más de dos décadas, construir para Lima (con la que el poeta sostiene una intensa relación de amor-odio), vasto territorio que nunca quiere definirse del todo, una conciencia no cultural —en el sentido chato del término— sino poética. Para entonces había incursionado con publicaciones diversas desde plaquetas, fanzines, revistas, y, recientemente, en el mundo on line, con poemas suyos y hoy celebramos la aparición de ningún lugar dentro (Hipocampo Editores. Lima, 2007).

La lectura de su obra resultaba ya ser un manual literario y práctico para todo aquel que quisiese dar más de “un par de vueltas por la realidad”, re-conocer y sobre todo sentir la geografía vital limeña.

Y es que en cada cultura existe una estructura de ideas, imágenes y creencias que expresan, en un cierto momento, una visión general y particular de la situación humana y de su “destino”. La voz poética de las composiciones de Ávalos, en el vasto territorio limeño (que se amplía hasta Ate y Vitarte), un espacio con desmedida geografía y desmedida poca historia, ese conjunto imaginario podía resumirse en las ideas de supervivencia y pervivencia.

Los composiciones de ningún lugar dentro se articulan en una estructura holgada y múltiple que hace única cada lectura del poemario de Ávalos y en cada una de ellas siempre hallamos un laberinto, pero un laberinto amable que nos acoge y no nos aterroriza, un laberinto donde el juego de cada lectura nos orienta, elige y combina, recorta y zurce un manto de palabras que despliega imágenes que nos arropan dentro de un espacio que creemos familiar, pero siempre nos lanza en direcciones inesperadas en espacios que resultan ser inéditos.

Una lectura de ningún lugar dentro evoluciona en el tiempo y otra evoluciona en el espacio, reparemos en esas grietas y fisuras que nos brindan los intersticios de los textos, las pausas de voz del personaje, las pausas entre mirada y mirada que nos brindan la posibilidad de la sabiduría. Posibilidad que se renueva en cada lectura. Je ne capitule pas!

ningún lugar dentro adelgaza al mínimo una trama y no satura de biografía al personaje que nombra, pero bastan los indicios que disemina la voz poética en diferentes composiciones para que los lectores reconozcan una historia que en muchos puntos se toca con la nuestra. Ocurre en simultáneo con la lectura ya que tanto el lector como el personaje son observadores — “el personaje era un observador (solo eso)”— en la realización del rito. Pero a diferencia del lector el personaje ha educado la vista —sensitiva al movimiento y los detalles— no solo en la ciudad con sus paraísos artificiales sino con una experiencia vital llena de intensa sensibilidad: ese posmoderno soporte de la mirada que otorga una sutil belleza a los efectos de desrealización y fusión de realidades. El verso elástico y flexible de Ávalos se rige por una experiencia perspicaz de la temporalidad: con exacta agudeza, la voz poética registra desde la aceleración extrema (como en el raudo viaje mental a la casa del personaje en una realidad florida, solar, luminosa) hasta la vivencia lúcida de la lentitud (como en los acercamientos a los detalles del paso inmisericorde del tiempo en un espacio oscuro, neblinoso pero cargado de vitalidad).

Perseguidos por los espectros de los reflejos del colonialismo, atónitos ante el paisaje descomunal, exiliados en su propia tierra por una naturaleza hostil, una gran mayoría de los nuevos habitantes que se aproximan a Lima canta y/o narra lo contrario del deseo: aquello que se teme, aquello que se combate para sobrevivir.

La luz era nada, la eternidad nada. Todo era irreal, entonces aprendieron a maniobrar con astucia sus miedos, a guardar los secretos en algún extraño lugar. Lejos de ellos mismos.

—Desde aquel día todo es infinito.

Una “voz propia”, una voz compleja se convierte en arma con la cual se resiste la violencia y devastación que sacude la mezquina vida cotidiana.

El Personaje sabía que tenía que escribir el libro desde adentro pero mirando hacia fuera. Esto le aseguraba conciliar “una cierta permanencia del libro”. El libro a la larga tendría que ser autodestructivo. Un sueño. Inalcanzable e insensato como todos los sueños.

Miguel Ildefonso, trovador mayor de la nueva Lima, ha dicho que ningún lugar dentro “es la búsqueda de una utopía en un mundo donde solo quedan restos de viejos paraísos artificiales”. Pero está implícita la posibilidad de no olvidar que los intentos de llevar una utopía a la sociedad suelen desembocar en catástrofes sociales que multiplican los males que cualquiera de esas utopías pretendía eliminar.

Desde fines de los noventa hasta hoy, la obra de Ávalos maneja una constante que redime y perfecciona una obsesión. En su literatura, los personajes, sus cuerpos, sus voces, sus gestos, luchan por salvarse de sí mismos y de sus fantasmas, o de los fantasmas del mundo natural o de la monstruosa sociedad que trata de destruirlos o aún de los estragos de algo que podemos denominar una modernidad delirante. No es casual que esos cantos que se escuchan en ningún lugar dentro sean cantos de redención por excelencia que le han brindado un campo fértil para la expresión de su poética. Una poética vital, intensa, ajena a la de los eternos adolescentes que se creen “genios” y buscan a través de una falsa irreverencia la perpetuación de la imagen del “poeta maldito”. El vital arte de la poesía de Ávalos es ajeno al preciosismo expresivo atento al impacto y la impresión fácil. Sus expresiones marcan (y nos marcan con) un pulso poético de virtuosismo heterodoxo y turbulento de sensaciones fuertes y penetrantes.

Ahora la luz es intensa y blanca. Tan blanca que derrama su chorro, inundando hasta las partes más oscuras de la habitación. Pero siempre hay un resquicio leve de sombra y profundidad, esto ahueca al personaje y lo lleva siempre hacia el fondo. La habitación es tan blanca que ahora todo le parece un gran cuarto de hospital. El personaje estira el brazo para apagar el televisor. Se detiene y observa la palma de su mano. Sorprendido, observa las líneas que claramente definen una edad cercana a la vejez. En realidad, no es el rostro el que define el paso de los años sino más bien las manos. Se acuerda de todos sus convencimientos. Como ese en el que prefiere la muerte a la locura, o el suicidio a la vejez. Sabe bien que eso le evitaría la decrepitud de la edad senil. Esa etapa en la cual todo cae o todo se define por su peso espantoso. Otra certeza que tiene es que la única misión de un escritor es vivir un poco, escribir solo lo necesario y luego morirse. Para no vivir enlodado en el presente, para no conocer al futuro incierto y por sobre todo no ver su piel arrugarse cada día. Sabe que la luz que ahora es intensa y blanca un día se volverá mortecina, luego oscura. Que tenderá un puente imaginario entre él y la gente, que se recostará de manera inservible en una cama cualquiera y que en ese instante de lucidez que muchas veces brinda la locura (antecediendo a la muerte) gritará frenéticamente: “je suis pur je suis purl”

A través de la lectura ningún lugar dentro el imaginario limeño en la poesía, que ya goza de un presente rico y variado, ya no puede limitarse a las fronteras de la señorial Lima, la tres veces coronada villa de los reyes. Una galería variopinta de personajes desfila por el escenario versátil de la escritura, exhibida por un sereno y afable personaje que funge de maestro de ceremonias. Gracias a sus imágenes, el visitante guiado por “el personaje”, entrañable compañero de ruta poética, es capaz de vivir o pervivir sin sentirse en las páginas edulcoradas de un catálogo turístico o afectadas de una Lima “bizarra” por el vacío de una mirada epidérmica y un oído ajeno a la calle de una ciudad intensa, Solar, no Casa-Panteón.



El personaje ve siluetas allá arriba en los picos plomizos de los cerros. Hincan su viaje lento. Peregrinan con el viento frío de la mañana. El personaje sabe bien que eso puede durar todo el día. Qué haría que esos cuerpos parecieran hormigas arrastrándose en una mole tan inmensa. Qué buscan los cuerpos pequeños en todo lo que sea grandeza. ¡Cómo se sublimiza la existencia! Por qué ir hasta arriba y privarse de las fondas y de los sótanos. Es que allá arriba se está más cerca de dios o del exilio que es siempre el mejor lugar para un hombre cuya penitencia es vivir.

En las páginas de ningún lugar dentro, a la Lima de inicios del siglo la reinventa una conciencia artística que prefiere la transfiguración poética a la precisión mimética. Gracias a un tratamiento a la vez dramático y alucinatorio lo que le da con un toque de humor, el personaje le imprime una fisonomía nueva y extraña a la próspera y señorial ciudad de antaño pero que muestra al personaje sus nuevos “encantos” provocando una sensación de “odio y temor” pero de identidad y amor.

Miraba las cosas, los centros comerciales, los vendedores ambulantes, los pirañas, los locos, los terokaleros, las putas. Todo eso le era tan odioso y sin embargo todo eso significaba Lima.

Lima y el lenguaje son espacios en tránsito, donde se encuentran y combinan impulsos contrarios. Ese espacio abigarrado se anima peculiarmente con la dialéctica fricción entre lo estático y lo dinámico, entre lo viejo y lo nuevo, propiciando visiones que son, simultáneamente, eufóricas e irónicas de adentro hacia fuera y de fuera hacia adentro. La voz poética se aferra al lenguaje como instrumento precario de resistencia ante una realidad que lo somete a la constatación del vacío. Pero ninguna literatura, una vez afirmada, sigue siendo “autóctona y salvaje”.



En ella podían coexistir dos, tres, cuatro, ocho, diez mundos. Y nadie se daría cuenta de esas realidades, de las miles de siluetas que se agitaban en esos mundo y que en una pugna desesperada, luchaban por salir.

La poesía de Ávalos, “un hurgador de la palabra” en imagen de Maynor Freyre, y la lectura de ningún lugar dentro así nos lo confirma, no debe ser leída como “limeña”, sino como el reflejo de cada uno de sus privilegiados lectores que, a través del mundo, sienten que el destino de esas voces, sea cual fuera su nacionalidad, no les es ajeno, y les revela espejos para experiencias que hasta entonces no intuían y menos sabían comunes. Quizás sea ese el mayor atributo de ningún lugar dentro: el haber reconocido en la exploración y creación de las voces, algo infinitamente más profundo, menos circunspecto y, sobre todo, más universal. Cuando nuestro mundo interior se vuelve incomprensible —quizá por allí este uno de los sentidos del poemario anunciado en su título—, buscamos un lugar fuera en el que la comprensión haya sido puesta en palabras para no dejar que la locura del mundo nos conquiste por completo.


(Escrito entre marzo y noviembre de 2008, desde un lugar de Lima Norte)









* (Lima, 1968). Estudio en la Pontificia Universidad Católica del Perú y actualmente es editor de libros del Grupo Editorial Norma en Perú. Ha publicado artículos y ensayos en diferentes revistas especializadas.